La llegada de un nuevo técnico siempre produce cambios en un equipo. A veces ese cambio se da en lo futbolístico. Otras veces en lo actitudinal. En el caso de San Martín, con el arribo de Alejandro Orfila se habían visto indicios de ambos en los duelos previos ante Temperley y Patronato. Pero frente a Almagro se terminó de producir el cambio. Ante su gente, el “Santo” no solo encadenó su segundo triunfo consecutivo, sino que exhibió una superioridad táctica clara, con el equipo ejecutando al pie de la letra lo que pidió el entrenador.

Un esquema dinámico

Todo se explica por cómo se movió el equipo según tuviera o no la pelota. San Martín salió a la cancha con una disposición que mutaba constantemente según la tenencia de la pelota. En fase ofensiva, el equipo se plantó con un ambicioso 4-2-4, ensanchando la cancha con Bruno Cabrera y Álvaro Veliez por las bandas, mientras Gabriel Carabajal se acoplaba a Luca Arfaras en el eje del ataque. Esta agresiva propuesta desbordó por completo el 4-3-3 de Almagro, que nunca encontró respuestas para contener las oleadas locales.

Sin embargo, el verdadero mérito de la propuesta de Orfila estuvo en el retroceso. Sin la pelota, el dibujo se contraía de manera orgánica hacia un 4-1-4-1 de enorme solidez. Con Agustín Graneros como eje de contención y Santiago Briñone relevando espacios, el bloque medio-alto de San Martín asfixió la salida del rival, neutralizando cualquier intento de réplica y permitiendo que la línea defensiva (Salazar, Parnisari, Ferreyra y Ayala) viviera una tarde tranquila, casi sin ser exigida.

Presión alta y jerarquía nueva

El primer tiempo fue una auténtica aplanadora. La consigna fue clara: presionar alto, forzar el error en la salida de Almagro y golpear directo. Bajo esa premisa, el “Santo” arrinconó a la visita desde los primeros minutos, transformando al arquero del “Tricolor” en la figura de esa etapa del encuentro al sostener el cero, aunque eso no duraría mucho.

Promediando la primera mitad los reflectores se posaron sobre Gabriel Carabajal. El delantero, que era el único de los refuerzos que aún no había debutado, jugó un partido que genera ilusión en todos los hinchas. Aportó la fluidez y el juego entre líneas que el equipo necesitaba y, a los 24 minutos, coronó su estreno abriendo el marcador. El mercado de pases de Orfila sigue dando resultados; las incorporaciones no solo se adaptaron rápido, sino que le dieron al plantel el salto de calidad que tanto penaba en la primera rueda.

Eficacia y control del ritmo

A diferencia de lo visto semanas atrás, San Martín tradujo su dominio territorial en una contundencia letal. A los 37 minutos, Veliez ratificó su gran momento facturando el 2-0 tras una gran proyección, y a las puertas del descanso, a los 44’, Arfaras sentenció la historia con el 3-0. Fue una ráfaga demoledora que recordó a aquellos viejos equipos de San Martín que atropellaban a sus rivales cuando jugaban en condición de local.

En el segundo tiempo, con el resultado liquidado, el conjunto tucumano disminuyó lógicamente la intensidad de la presión para dosificar energías. Pese a bajar el ritmo porque el trámite ya no lo requería, el orden táctico no se resintió. El equipo siguió generando peligro en el arco rival.

El ciclo Orfila da pasos hacia adelante. Del laborioso empate ante Temperley y el combativo triunfo en Paraná, se pasó a una exhibición de autoridad en La Ciudadela. Aunque el torneo es largo, la identidad encontrada y el rendimiento de las caras nuevas son un argumento contundente para que, poco a poco, el hincha comience a ilusionarse.